lunes, 12 de febrero de 2024

El gobierno imaginario de Piñera






Es cierto, la muerte de Sebastián Piñera es, sin lugar a duda, un hecho político. La muerte de un expresidente en esas circunstancias no puede no serlo, sobre todo si gobernó hace poco y estuvo tan presente en la vida política chilena hasta hace un par de días. 

Es cierto también que la política no perdona, que toda circunstancia es aprovechable para lograr un punto o un pequeño triunfo moral frente al adversario. De hecho el Presidente Gabriel Boric, en su discurso en el funeral de Estado, aprovechó de darle una señal a la derecha en momentos en que la relación gobierno y oposición no puede resolver ninguna reforma. Es decir, en tiempos en que no hay puentes entre Chile Vamos y La Moneda, Boric trató de crearlos cediendo en algunos temas, pero sin entregar por completo la oreja.

Pero no fue el único que creó un relato a partir de este hecho; el sector de Piñera trató de redibujar la historia reciente y sus controversias para transformar el funeral de su principal líder en los últimos 30 años en una manera de cobrar una a una las cuentas con el Frente Amplio y, de paso, ungir a Evelyn Matthei como nueva candidata.

En cada condolencia a la familia del exjefe de Estado, o recuerdo sobre él, se agregaba un comentario no sólo destacando lo que, según algunos, era su legado, sino también que se aprovechaba de acusar al hoy oficialismo por la injusticia con que, según decían, se lo había tratado durante el Estallido Social. 

Según la reducción simplista de la historia reciente que la memoria selectiva de muchos de los colaboradores de Piñera hizo, su último gobierno fue algo así como una isla democrática cercada por el golpismo violentista de una generación hoy gobernante que comandaba desde cuarteles secretos todos y cada uno de los puntos en que se desataron explosiones, quemas y otras acciones violentas de aquellos días. 

¿Fue así? Claramente no. Si bien hubo exceso de retórica, y varios, en la entonces oposición, hablaron y hablaron, al extremo de decir muchas tonteras por minuto, eso también sucedió en el entonces oficialismo. Acusaciones de algunos que creían vivir en una dictadura se cruzaban con otras que alegaban, desde La Moneda, intervención de dictaduras externas en el conflicto interno. 

Era una guerra paranoica en la que unos y otros luchaban por ser dueños de la verdad y darle una explicación a esa crisis social que tenía múltiples razones, y que una de las principales radica en una autocomplacencia de décadas, porque algunos creían que el mercado era la única certeza que cobijaba al ciudadano. Pero eso es materia de otro análisis. 

Según el piñerismo, lo que habría pasado era que el gobierno era demasiado perfecto, con demasiada capacidad política, la que se vio amenazada por la maldad, la perversidad de quienes querían derrocar al bien. Sin embargo, quienes vivimos aquellos días, si bien podemos hacer análisis más matizados que los que hicimos en aquel entonces, con todos los antecedentes sobre la mesa, no deberíamos olvidarnos de una administración sin olfato, desconcertada con lo que pasaba en las calles y tratando de solucionar los problemas políticos con Carabineros y luego las Fuerzas Armadas.

¿Está mal que haya estado desconcertada? No. Para nada. Muchos, demasiados lo estábamos. Pero la pregunta es qué es lo que se aconseja a quienes comandan un país, si seguir y solazarse con este desconcierto o intentar buscar explicaciones alternativas de lo que se está demasiado convencido. Al parecer lo segundo es más sensato. Cuestión de la que, como hemos visto, hoy Boric se ha dado cuenta en la casa de gobierno.

Piñera no lo hizo. Al contrario, no estuvo lejano al exceso de retórica de aquellos días, ya que dijo que estábamos en una guerra contra un “enemigo poderoso”, cometiendo un error político importante al no aquilatar lo que sucede cuando se dicen esas palabras amenazantes en medio de una crisis de tamañas dimensiones. 

No había un estadista que tomara decisiones, como se ha repetido hasta el cansancio en estos días, sino una persona demasiado convencida de que lo que pasaba era una lucha en contra de una amenaza inventada en su cabeza; alguien desconcertado-y con demasiadas certezas- que cometió errores gravísimos y peligrosísimos para una democracia que había estallado en mil pedazos; un político que no previó y, en momentos, relativizó lo que pasaba en las calles, no entendiendo que antes de ser un problema de seguridad- que lo fue, claramente-, lo que sucedía era una catástrofe política.

¿Hubo violaciones a los Derechos Humanos sistemáticas? No. Pero sí hubo acciones generalizadas e irresponsables que dieron como resultado graves violaciones a los Derechos Humanos para una democracia. Y eso, entre otras cosas, se debió a la inoperancia de un Sebastián Piñera y un Andrés Chadwick que no supieron ni quisieron tomar medidas para aminorar lo que pasaba y, al contrario, empoderaron a las policías como si fueran la única rama del Estado que valía la pena respetar. ¿Quiere decir esto que no debieron sacar la fuerza policial a la calle? Claro que no. Era una obligación ante lo que pasaba. Se debía ejercer la ley y detener a quienes estaban atentando en contra de la tranquilidad ciudadana. Pero en vez de ver a una fuerza policial que controlara la situación, lo que vimos fue el descontrol.

Eso no debería bajo ninguna circunstancia olvidarse si es que se quiere avanzar y aprender de la historia reciente del país. El gobierno de Sebastián Piñera debería ser un ejemplo de lo que la política no debe hacer cuando quiere darle cauce a los conflictos sociales y políticos. Es también la demostración más clara de que el mercado y el Estado no son lo mismo. Que un hombre exitoso en el mercado, e incluso en el ámbito electoral, como lo fue, no lo es necesariamente en la acción política grande; en la de verdad, que consiste en darle estabilidad y seguridades a una ciudadanía cada día más desolada por una modernidad que ha ido deshaciendo los pilares que la sostenían hasta finales del siglo XX.

Por lo tanto, luego de que pase el tiempo, y después de las entendibles pasiones desatadas hoy en torno a una figura como Piñera, sería bueno que se sopesen cada uno de los factores de la crisis más grande que ha vivido Chile en los últimos 30 años, y que en vez de romantizar uno y otro lado, o buscar héroes de la Patria donde no los hay, entendamos que una muerte trágica no puede cambiar la historia ni reinventarla. Y menos crear un gobierno imaginario demasiado virtuoso y que no se condice con las lamentables consecuencias políticas que trajo consigo.










domingo, 4 de febrero de 2024

La idealización de Lagos y la transición




Hay pocos políticos vivos o contemporáneos que he admirado y uno de ellos fue sin dudas Ricardo Lagos. Su impronta, enorme ego no disimulado y su comprensión de lo que eran los símbolos republicanos, eran cosas que se agradecían entrados los años 2000, sobre todo después de un gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle en el que el presidente era un adorno, un sujeto parco, casi un gerente general que salía a hacer negocios y no hacía bastante más. 

Lagos era otra cosa. Se enojaba, quería demostrar en toda discusión que era superior al otro y se sentía el representante de lo público en una democracia en la que eso perdía todo sentido. 


Cuestiones como la aplicación de la Ley de Seguridad del Estado al gremio de micreros que obstruía la vía pública durante su gobierno, en aquellos años, eran gestos de autoridad bastante significativos, tomando en cuenta que la Concertación, hasta entonces, era una coalición temerosa que trataba de sortear las vallas que la institucionalidad dictatorial había puesto para que se comportara según lo que “debía ser”.


Lagos hablaba fuerte y recordaba que él mandaba, que era el Presidente y que, en una democracia presidencialista, era quien encarnaba la figura del mando. Sin embargo, no era tan así, sobre todo en medio de senadores designados y una derecha empoderada por la lógica institucional. 


Por más que quisiera, el mandatario debía, como todo gobernante concertacionista, remitirse a lo que el llamado “poder de veto” le dejaba hacer. Y esto lo llevó a cometer, desde mi punto de vista, varios errores en materia ejecutiva como simbólica, como conseguir la ampliación del acceso a la educación universitaria por medio de instrumentos como el CAE y consolidar una cuestionable alianza público-privada para construir hermosas y grandes carreteras y comenzada por él como ministro de Obras Públicas de Eduardo Frei Ruiz Tagle.


Además, durante su gobierno hubo significativos problemas en materia de corrupción en su gabinete, lo que le recordó, de nuevo, que su poder era relativo, debido a que quedó entre la espada y la pared y se vio obligado a negociar con la oposición su permanencia en el cargo, con “acuerdos” que eran más bien imposiciones en cuanto al financiamiento de la política respectaba.


¿Esto hace que su administración haya sido mala? De ninguna manera. Supo navegar los mares que le tocaron, tuvo avances importantes en materia de libertades civiles, poniendo fin a la censura cinematográfica en 2003 y promulgando la ley de divorcio en 2004, entre otras cosas, y también terminó con los llamados “enclaves autoritarios” de la Constitución del 80 (senadores designados, autoconvocación del Cosena, inamovilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, etc).


Eso sí, el gran error de esto último, de las reformas, tiene que ver, a mi entender, con haber sobredimensionado lo que se hizo, recargando de simbolismo un acto importante que democratizaba la institucionalidad política, pero que no resolvía algunas falencias ideológicas estructurales. 


Es decir, aquello que en algún momento fue una virtud, como esa grandilocuencia republicana en toda acción, en este caso en particular fue un acto que trató de remediar cosas al parecer irremediables, como el tema constitucional, amontonando aún más basura de la que ya había bajo la alfombra.


Pero no fue sólo durante su gobierno que la grandilocuencia lo traicionó. También durante los años posteriores tomó decisiones erradas como no postularse cuando era triunfador seguro para un segundo mandato. Y luego, cuando nadie quería que se postulara, lo hizo recibiendo tal vez su gran derrota política sin aún haber competido. Demostrando que no era alguien impermeable a las ambiciones pequeñas y a la soberbia que viene contenida en ellas.


Eso es, según mi mirada, Ricardo Lagos. Un sujeto imponente, que fue avezado y que es presa de su ego para bien y para mal. Un personaje que trajo de vuelta la idea de la autoridad democrática, con todo lo bueno y lo malo que eso trae consigo. Que supo hacer cuestiones en el momento preciso, pero que en otras ocasiones se apresuró dando por zanjadas cosas que no lo estaban. Muchas veces no midiendo las consecuencias futuras.


¿Por qué digo esto? Porque a raíz de su retiro de la vida pública- tras lo que parecen esconderse sus ganas de ver en vida lo que pasaría en su funeral- ha habido un consenso bastante simplón sobre lo que es y fue en su labor, tal vez no sólo con el motivo de idealizarlo a él, sino al momento histórico que vivió.


Opinólogos de varios sectores se han empeñado en mirar con ojo acusador a todos los que lo cuestionaron justa o injustamente no con el objeto de salvar a su figura particularmente del escarnio público, sino para aprovechar de recordarnos que la “democracia de los acuerdos” fue algo así como un paraíso de la sensatez y la uniformidad democrática, donde todo se hizo por hombres de mirada larga y sin más defectos que tener demasiadas virtudes.


Y no. Lagos y todos quienes administraron la transición chilena se enfrentaron a un terreno bastante más peliagudo en el que más que acuerdos había una lógica de “salvar los muebles” de una casa que estaba en constante peligro. Se vieron contra la pared constantemente y hubo cosas que no pudieron hacer y otras que no quisieron. Y los “acuerdos” a los que llegaron fueron presiones solapadas y otras veces cuestiones en las que simplemente no quisieron profundizar.


La política no fue más virtuosa en aquellos años. Lo que pasó es que había límites de acción más claros impuestos. Los consensos estaban predeterminados antes de que siquiera se llegara a conversar y consensuar algo. Porque eran un dogma y no una acción racional. Y a veces al entonces oficialismo le molestaba y otras no tanto.


Esto lo digo porque parece de suma importancia tratar de derrumbar los lugares comunes que rondan en torno a la historia reciente de Chile. Pues, de lo contrario, se seguirá creyendo que lo que debió hacerse según circunstancias concretas, debe aplicarse a todo momento histórico. Y eso es matar la política y convertirla en una religión de la cual Lagos hoy sería el Papa. O en una acción sistematizada en la que no hay más alternativas.




miércoles, 13 de diciembre de 2023

No, Bachelet otra vez no.









La expresidenta Michelle Bachelet reapareció esta vez en la campaña del En Contra al nuevo proyecto constitucional. Como suele suceder últimamente, sus declaraciones causaron ronchas en la derecha y en lo que alguna vez se hizo llamar concertacionismo. 

Bachelet habló de lo que, a su entender, serían grandes retrocesos en la vida de las mujeres a partir de la aprobación del nuevo texto constitucional, provocando reacciones airadas de parte de algunos de sus exministros, que hoy militan en Demócratas. Lo dijo con ese tono de madre cariñosa y permisiva. Con esa dulzura a la que algunos se han aferrado una y otra vez cuando no tienen ideas, para sentirse arropados políticamente. 

Eso ha sido Bachelet para la izquierda chilena: una contención, un trampolín y un lugar arropado en el que abrigarse para así no entrar en el debate real. Si bien encabezó una interesante proyección más progresista de la Concertación, que fue ese intento de coalición llamado Nueva Mayoría, lo cierto es que no resultó no sólo porque muchos de sus integrantes remaron contra la corriente, sino porque lo único que alimentaba ese (no) proyecto era ella. Su carisma. Su sonrisa. Sus dichos de buena crianza democrática que acompañan sus gestos de hada madrina, hoy, de la nueva generación.

Es cierto, en estos últimos meses ha salido de esa especie de lugar celestial en el que el bacheletismo- o lo que queda de éste- la ha puesto por años. Ha tomado decisiones. Se la ha jugado por este gobierno como pocas veces se la había jugado- salvo su segunda administración- por algo concreto, sin eufemismos, y eso se agradece en políticos en días en que todos quieren jugar a ser estadistas ante la crisis intelectual que está viviendo la política. Pero sigue habiendo en torno a ella una feligresía que la percibe como un objeto intocable; como un ser superior y frágil a la vez al que hay que cuidar y ojalá defender con las palabras más paternalistas posibles. 

Es una madre a la que hay que cuidar. Un símbolo enorme y pesado que algunos apapachan como si fuera débil, endeble, delicado y quebradizo. Cuestionarle lo que dice pareciera ser lo mismo que cuestionar un emblema patrio y no a una política que tiene posiciones respecto a la sociedad, lo que parece una errada manera de enfrentar las controversias propias de la coyuntura y la contingencia.

Pero ese no es únicamente el problema de cierto mundo que rodea su figura. El que me parece más grave es que la falta de proyecto e ideas al interior de la izquierda está comenzando a hacer crecer la posibilidad de una tercera candidatura de la ex jefa de Estado. Una vez más, luego del fracaso ideológico rotundo que significará cualquiera sea el resultado del plebiscito del domingo 17 de diciembre, se está pensando en el "lugar seguro" que significa Michelle Bachelet para un sector estruendosamente desconcertado en toda materia. 

¿Mala idea? Pésima. Volver a recurrir una vez más a los padres políticos es una de las tantas razones por las que el escenario actual está estancado y no hay escapatoria. Nunca la hay del todo. Pero a veces hay que jugar a que sí la hay.






domingo, 3 de diciembre de 2023

Rojo Edwards le regaló el "centro" a Kast










El senador Rojo Edwards decidió salirse del partido Republicano para, según dice, encabezar una nueva propuesta "libertaria" (sería bueno saber si será libertaria o neoconservadora). Su principal motivo para renunciar al partido es la postura a favor del texto constitucional por la que ha optado la colectividad, debido a que, a diferencia de mucha gente, él ve en este texto una excesiva estatización y una "entrega" a los valores de la izquierda.

Si bien podríamos detenernos en cada uno de los puntos que derribarían la concepción "estatista" que Edwards ve en el proyecto constitucional, parece más interesante hacer un análisis de la contingencia política y lo que significa que el parlamentario le quite el extremo a José Antonio Kast. ¿Qué quiero decir? Que, a diferencia de lo que muchos creen, la salida Rojo y cierto ultrapinochetismo gritón de Republicanos, independientemente del resultado del plebiscito del 17 de diciembre, le deja el "centro" libre al exdiputado UDI.

Es cierto, podríamos discutir horas y horas sobre qué es realmente el manoseado "centro político". Podríamos argumentar que aquellos que se hacen llamar "centristas" no son más que nostálgicos de un concertacionismo que debió entregarse en cuerpo y alma a respetar los márgenes transicionales sin siquiera darse un pequeño gustito y hasta se enamoró de lo que debió administrar por 20 años. Pero eso es materia de otro debate. 

Lo que importa acá es que sin los gritos, sin los Panchos Malos, sin los Edwards y los que llaman traidores a todos quienes se juntan, se fotografían o se estrechan protocolarmente las manos con "los otros", Kast resulta menos intragable para cierto mundo que anda extraviado buscando alianzas, certezas y un nuevo lugar en el que ser cobijado.

Entonces, el eterno candidato de la derecha gremialista y neoliberal chilena debe estar celebrando que haya alguien que se le haya puesto más a la derecha para comenzar la próxima campaña presidencial, más aún cuando su principal contrincante es la alcandesa de Providencia, Evelyn Matthei. Hoy ese concertacionismo de centroderecha tiene más por donde elegir.

Edwards debe haber tomado esta decisión pensando en Argentina y en el extremismo ideológico con el que Milei llegó a la Presidencia. Y puede tener razón en lo del extremismo. Pero no debe olvidar que perdió la primera vuelta y llegó a la Casa Rosada por aliarse con la "maldita casta".

Tal vez puede tener razón Edwards al creer que Kast ha renunciado a cierta "identidad" de ultraderecha (deberíamos definir qué es la derecha y la ultraderecha en Chile, cuestión bien compleja), pero de identidad y de posturas testimoniales no está hecho el poder. Es cosa de preguntarle al gobierno en curso.





sábado, 25 de noviembre de 2023

Irina Karamanos, un gran error de este gobierno







El Presidente Gabriel Boric está soltero. Esa fue la gran noticia que el mismo mandatario difundió en redes sociales. ¿Por qué un presidente habla de su vida privada como un asunto de Estado? ¿Qué nos puede interesar lo que haga en su cama? Esas fueron preguntas que cínicamente algunos líderes de opinión nacional hacían con rostro circunspecto, como si cargaran sobre sus hombros el resguardo de la gobernabilidad y seriedad nacional.

Lo cierto es que más allá de las formas, la vida personal de un o una Presidente siempre llama la atención porque es parte del imaginario que alimenta la figura de la autoridad y, en cierta forma, el relato político del gobierno.

Boric trató de negar ese factor haciendo lo que no se debe hacer. Quiso quitarle importancia a la institución de la Primera Dama haciendo lo opuesto: convirtiendo su relación con Irina Karamanos en un proyecto político que pudiera justificar el porqué de su presencia en La Moneda. En vez de mantenerla al margen o presentarla como la pareja que lo acompañaría en esta misión, intentó, como siempre pasa con su generación, vestir su sometimiento a las reglas institucionales de una "gesta", un gobierno que sacaría la figura de la Primera Dama, transformando a Karamanos en la pareja presidencial más popular en la historia reciente de Chile. 

Cuando lo más sensato aconsejaba pasar por alto el ítem Primera Dama (que, a diferencia de lo que muchos "progresistas" creen, no es un tema fundamental en lo que respecta a los conflictos de género), lo puso en el centro de la primera parte de su administración. 

Aquello que les parecía vetusto, propio de sociedades patriarcales y machistas, se instaló como el gran tema de sus primeros meses de mandato. Hicieron ceremonias donde se trataba de afirmar y reafirmar que habían terminado con un rol que despreciaban, pero amaban silenciosamente. Y Karamanos se sirvió de lo que decía que no quería servirse (su estatus como pareja de un Presidente) para posicionarse como una figura imprescindible de la pauta informativa nacional.

En definitiva, todo esto fue un error de enormes dimensiones. Al querer decirse los reformadores de todo, lo cierto es que fortalecieron aquello que decían combatir. ¿La razón? Según creo se debe a la poca seriedad con la que se leyó la institucionalidad presidencial chilena y el concepto de la "pareja presidencial".

Fue un conflicto gratis y la demostración más clara de que sin política, sin oler el clima, el contexto y la tradición tras aquello que en ensayos académicos parece fácil, todo se vuelve en contra. Si no se ataca lo material, lo cierto es que lo simbólico seguirá siendo esto: un espectáculo momentáneo, pasajero, que se derrumba como se derrumbó la relación presidencial.



lunes, 20 de noviembre de 2023

Luis Hermosilla, el garante del sistema.

 



El audio en el que aparece el abogado Luis Hermosilla hablando de un delito de soborno con un cliente y una socia, ha sido tal vez la evidencia más grande de que todo aquel lenguaje que se supone en las grandes mesas del poder es efectivamente así, y que ese poder silencioso es más bien parlanchín, sin ningún cuidado por los tonos, las formas y todo aquello que parecía evidente que resguardaba.

Esto no es extraño, porque todo edificio se construye con un reverso que niega todo eso que dice construirlo. Es decir, toda la majestuosidad institucional en la que algunos, como Hermosilla, se refugiaron para crear su reputación, tenía cimientos frágiles.

Ahí, Hermosilla, el abogado de señores circunspectos que lloran la debilidad del Estado de Derecho o las dimensiones de la delincuencia callejera (es cuestión de escuchar al audio completo y notar cómo la socia del abogado se queja del estado en el que se encuentra el país), demuestra que la estabilidad por la que algunos rasgan vestiduras logra ser una estructura sólida gracias a todas estas chimuchinas y pequeños y grandes delitos. 

Al decir que "esta es la única forma en que se puede hacer" lo que necesitaba, reconoce que el soborno a funcionarios del Servicio de Impuestos Internos (SII) es parte lo que fortalece la subsistencia: arriesgar sin arriesgar nada. Jugar al límite de todo aquello que se dice respetar en público para no perder. Sobrevivir.

Este es el ejemplo más claro de lo que comúnmente se llama "secreto a voces". Tal vez algunos, sus conocidos, han tratado someramente esto por lo mismo. Porque a sus adentros saben que es parte de lo que, además de muchas otras cuestiones, mueve al mercado, lo que lo hace funcionar más "libremente".

A diferencia de lo que se cree, los modelos político económicos como el nacional se mueven en estas contradicciones. Todo lo que parece macizo en las formas, se desarrolla bajo la inestabilidad estable del poder salvarse lo antes posible.







domingo, 12 de noviembre de 2023

¿A favor? ¿En Contra? Yo anulo

 




Leyendo, releyendo y comparando los textos constitucionales en disputa, lo cierto es que no hay una diferencia esencial. Tal vez la única es que aquello que se dejaba a la interpretación del legislador, hoy es más claro, más profundo, más detallado. Un ejemplo son temas como la educación y las pensiones. En ambos ítems, todo lo que en la Constitución del 80 eran enunciados como "libertad de enseñanza" o "derecho a elegir", en este nuevo texto está profundizado y se enfatiza en la matriz ideológica que define toda la lógica institucional.

Hay que ser justos. A diferencia de la Constitución cuestionada, se habla de educación pública y Estado social de derecho, pero todo aquello no tiene mayor relevancia si el contenido mismo de los artículos conduce hacia un Estado débil, tímidamente regulador, que está al servicio de la excesiva "libertad" de ciertas instituciones privadas. Y que no tiene un espíritu societal macizo.

¿Por qué se prioriza la autonomía de los establecimientos por sobre la capacidad del Estado para regularlos? ¿Qué significa que el aparato público pueda regular según ciertos estándares salvo el principal estándar no medible llamado "libertad de enseñanza"? ¿Cómo se sabe que eso no atenta en contra de la prohibición de establecimientos educacionales de no profesar ideas políticas? (¿Se recuerda que la política no es patrimonio de la "política partidista"?) ¿No es acaso la profundización de lo mismo? ¿No existe algo intermedio entre la excesiva "libertad" de los padres de educar a sus hijos y cierta seguridad del Estado para que toda esa responsabilidad no recaiga sobre ellos?

Y en materia de pensiones, ¿no es acaso una profundización de una idea en particular de la seguridad social lo que afirma que los trabajadores son propietarios de sus pensiones? ¿Acaso eso no establece que, independientemente de las opciones públicas y privadas, haya una sola de garantizar esa "certeza" repleta de incertidumbres?

Por esto, ¿vale la pena hacer campaña por una u otra opción cuando, en el fondo, no hay un antagonismo real entre los dos textos? A estas alturas tengo serias dudas. Tal vez el gran motivo para mantener lo que está ya establecido es que el quorum es más bajo para hacer reformas. ¿Pero se podrán hacer esas reformas sin articulación política? Parece todo un gran laberinto que nos llevará siempre a donde mismo. Al mismo lugar ideológico. Al mismo terreno sin salida que hará que las explosiones sociales tengan el mismo tenor, con la misma búsqueda de certezas en cualquier lugar salvo en las instituciones.

Es cierto, las controversias sociales no son patrimonio de un modelo político y económico. No hay algo así como un terreno sin conflictos ni antagonismos. Aquello es una ilusión romanticona de los emocionados con algo sobre lo que teorizan pero no se atreven a probar. Sin embargo, sí se pueden mitigar algunas evidentes falencias. Intentarlo. Y pareciera que no se quiere.

Por lo tanto, algunos (realmente hablo en mi caso solamente, porque no sé de otros) creemos que lo mejor es anular. No entrar en el juego de validar ninguna de las dos constituciones. No caer en ese juego falso donde no se juega absolutamente nada. 

Y, además, como ya aprendimos en el proceso anterior, nada de lo que suceda según vaivenes epocales y electorales podrá solucionar un problema constitucional que, así como vamos, se resolverá de la manera menos esperada. Ni en el momento exacto ni en el menos indicado. En un limbo intermedio.

Daniel Jadue y la fascinación por sentirse víctima

  Conocida la prisión preventiva ordenada al alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, por el llamado “caso farmacias”, muchas teorías al respecto ...