Conocida la prisión preventiva ordenada al alcalde de
Recoleta, Daniel Jadue, por el llamado “caso farmacias”, muchas teorías al
respecto han circulado de parte del sector del edil para tratar de acreditar
una persecución política en su contra.
Jadue, como buen polemista, antes de cualquier medida
advirtió que esta sería una persecución por querer “cambiar el modelo”, dándole
una épica especial a un caso que, a todas luces, parece más bien el resultado
de la mala administración de alguien que creyó, como pareciera creer también
todo quien lo apoya en esta pasada, que el hecho de tener un buen objetivo como
horizonte haría que cualquier forma de llevarlo a cabo sería lo de menos.
¿Es eso real? ¿Se puede decir que algo que está dirigido a
solucionar problemas de cierta parte de la población es de por sí algo bueno y,
por lo tanto, cualquier impedimento regulatorio sería algo así como una
conspiración? Lo cierto es que no. Y con esto no me refiero únicamente a este
caso, sino a las medidas que buscan solucionar, por ejemplo, la delincuencia de
manera rápida y efectiva- como si algún día pudiera solucionarse- pasando por
sobre de toda normativa propia del estado de Derecho.
Pero volvamos a Jadue. Si bien las Farmacias Populares
efectivamente establecieron en su comuna cambios sobre cómo se podía garantizar
acceso a precios más baratos y, por ende, a mayores certezas para los habitantes
de ella, eso no puede desviar la mirada de que todo lo que intentó hacer el
alcalde siempre entraba en conflicto con lo que establecía cierta universalidad
regulatoria.
Un ejemplo de ello, también, es que en plena pandemia tuvo
problemas con la entonces presidenta del Colegio Médico de Chile, Izkia Siches,
debido a la manera en que él intentaba proporcionar ciertos remedios en su
comuna para combatir el coronavirus. Todo muy a lo Jadue, siempre alegando
alguna trama tras la persona que estaba discutiendo con él, por ser algo así
como un “luchador contra el modelo”.
Y es que para Daniel no puede haber argumentos más que una
conspiración tras quienes rebaten sus ideas, sus formas y sus ganas incesantes
de estar del lado correcto de la historia. Para él no existen controversias,
sino maldad, persecución; hasta pareciera que ni siquiera hay ideología,
porque, de lo contrario, entendería que es eso lo que está en disputa con
quienes dice oponerse.
¿Debe haber más del algún tipo fascinado con ver a Jadue
esposado? Claramente. Pero eso no puede dar para grandes teorías, ni grandes
relatos de victimización, sino para pensar bien de qué manera se deben hacer
las cosas, bajo qué parámetros y de acuerdo con qué normativas.
Es cierto, Jadue aún no es culpable de ningún delito
específico, debido a que estas son medidas precautorias y el juicio en sí no ha
comenzado todavía. Pero eso no puede evitar que nos cuestionemos las formas en
que se debe actuar para lograr cosas y sobre todo la seriedad que se requiere
para ello. Porque, de nuevo, creer que se está haciendo lo correcto en el
objetivo, no es lo mismo que hacer lo correcto en las maneras.
Suponer que las ideas que uno dice levantar son más
importantes que las acciones y, por lo tanto, la prolijidad con la que se llevan a cabo es falso. Y eso estaría bueno que un sector político lo entendiera, porque, de
lo contrario, todo será siempre una gran estrategia en su contra y nunca, jamás
sus integrantes se percibirán como sujetos con responsabilidades y sólo
encontrarán explicaciones a lo que les pasa en grandes relatos heroicos que
sirven mucho para la autoestima, pero poco para ejercer cargos de
responsabilidad.





