lunes, 3 de junio de 2024

Daniel Jadue y la fascinación por sentirse víctima

 


Conocida la prisión preventiva ordenada al alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, por el llamado “caso farmacias”, muchas teorías al respecto han circulado de parte del sector del edil para tratar de acreditar una persecución política en su contra.

Jadue, como buen polemista, antes de cualquier medida advirtió que esta sería una persecución por querer “cambiar el modelo”, dándole una épica especial a un caso que, a todas luces, parece más bien el resultado de la mala administración de alguien que creyó, como pareciera creer también todo quien lo apoya en esta pasada, que el hecho de tener un buen objetivo como horizonte haría que cualquier forma de llevarlo a cabo sería lo de menos.

¿Es eso real? ¿Se puede decir que algo que está dirigido a solucionar problemas de cierta parte de la población es de por sí algo bueno y, por lo tanto, cualquier impedimento regulatorio sería algo así como una conspiración? Lo cierto es que no. Y con esto no me refiero únicamente a este caso, sino a las medidas que buscan solucionar, por ejemplo, la delincuencia de manera rápida y efectiva- como si algún día pudiera solucionarse- pasando por sobre de toda normativa propia del estado de Derecho.

Pero volvamos a Jadue. Si bien las Farmacias Populares efectivamente establecieron en su comuna cambios sobre cómo se podía garantizar acceso a precios más baratos y, por ende, a mayores certezas para los habitantes de ella, eso no puede desviar la mirada de que todo lo que intentó hacer el alcalde siempre entraba en conflicto con lo que establecía cierta universalidad regulatoria.

Un ejemplo de ello, también, es que en plena pandemia tuvo problemas con la entonces presidenta del Colegio Médico de Chile, Izkia Siches, debido a la manera en que él intentaba proporcionar ciertos remedios en su comuna para combatir el coronavirus. Todo muy a lo Jadue, siempre alegando alguna trama tras la persona que estaba discutiendo con él, por ser algo así como un “luchador contra el modelo”.

Y es que para Daniel no puede haber argumentos más que una conspiración tras quienes rebaten sus ideas, sus formas y sus ganas incesantes de estar del lado correcto de la historia. Para él no existen controversias, sino maldad, persecución; hasta pareciera que ni siquiera hay ideología, porque, de lo contrario, entendería que es eso lo que está en disputa con quienes dice oponerse.

¿Debe haber más del algún tipo fascinado con ver a Jadue esposado? Claramente. Pero eso no puede dar para grandes teorías, ni grandes relatos de victimización, sino para pensar bien de qué manera se deben hacer las cosas, bajo qué parámetros y de acuerdo con qué normativas.

Es cierto, Jadue aún no es culpable de ningún delito específico, debido a que estas son medidas precautorias y el juicio en sí no ha comenzado todavía. Pero eso no puede evitar que nos cuestionemos las formas en que se debe actuar para lograr cosas y sobre todo la seriedad que se requiere para ello. Porque, de nuevo, creer que se está haciendo lo correcto en el objetivo, no es lo mismo que hacer lo correcto en las maneras.

Suponer que las ideas que uno dice levantar son más importantes que las acciones y, por lo tanto, la prolijidad con la que se llevan a cabo es falso. Y eso estaría bueno que un sector político lo entendiera, porque, de lo contrario, todo será siempre una gran estrategia en su contra y nunca, jamás sus integrantes se percibirán como sujetos con responsabilidades y sólo encontrarán explicaciones a lo que les pasa en grandes relatos heroicos que sirven mucho para la autoestima, pero poco para ejercer cargos de responsabilidad.


jueves, 23 de mayo de 2024

LA IDEALIZACIÓN DE LA UNIDAD POPULAR

 




(Texto escrito en septiembre del año pasado, en el marco de los 50 años, que planeaba publicar en un medio específico, pero no lo logré)


La izquierda tiene un miedo muy grande a volver sobre la Unidad Popular, el gobierno encabezado por Salvador Allende. En el socialismo este miedo se escondió tras mea culpas personales luego del horror de la dictadura. En los primeros años del retorno a la democracia se evitaba hablar mucho de Salvador Allende, y cuando se hacía, como en el funeral de Estado que se le hizo, se centraban los discursos en su invariable espíritu democrático, su conciencia de la historia de Chile y sus palabras mientras el golpismo bombardeaba La Moneda.

En el Partido Comunista, la figura del expresidente estaba presente de manera más clara. Y a eso se agregaba que también se hablaba de la Unidad Popular, de las esperanzas que traía consigo ese proyecto original y curioso en medio de un contexto político en el que las revoluciones eran llevadas a cabo con hombres vestidos de verde olivo y armas. Sin embargo, cuando se trataba de hablar de sus falencias, en seguida salían a la luz la atrocidad del golpe y la posterior persecución militar a todo quien osara ser de izquierda. 

Es decir, se evitaba tanto en el concertacionismo como en la entonces izquierda extraparlamentaria profundizar respecto a los errores políticos, al exceso de infantilismo de unos y la nula habilidad política de parte de Allende para poder, aparte de enfrentar a una derecha que desde el primer día lo quería fuera, controlar a sectores demasiados embobados con la pretensión de un futuro en el que la sociedad sin clases llegara.

La herida era demasiado profunda, qué duda cabe. La manera en que había terminado todo nublaba aún las cabezas de quienes debieron escapar, esconderse de los zarpazos de un Estado que tenía como única misión destruir todo vestigio del pasado reciente, incluidos a sus protagonistas.

La Unidad Popular, salvo ciertos intelectuales que problematizaron las graves falencias políticas que padeció, fue dejada como algo intocable; como una estatua, un monumento romántico del que incluso personas como Ricardo Lagos hasta el día de hoy temen referirse en profundidad.

 ¿Por qué aún no exorcizamos esos demonios? ¿Por qué no puede darse una conversación en que se sepa entender que una cosa es evitar en todo momento un golpe de estado y una dictadura, y que referirse críticamente al gobierno que fue objeto del golpe no es lo mismo que validar ese golpe? ¿Por qué no mejor darle carne a esa estatua en romantizada y acordar que lo principal para llevar a cabo una tarea significativa en materia política e ideológica se deben cuidar frentes, leer el presente y el posible futuro de un país?

Cuando no se realizan discusiones políticas claras sobre un acontecimiento político o un momento determinado de la historia, se esconden las verdaderas posibilidades para construir proyectos. La Concertación quiso creer que su miedo era un proyecto y su idea de “lo posible” era algo así como un dogma sin que mediara ningún raciocinio de acuerdo al contexto. Evitó hacer cualquier cosa que se pareciera a la UP, pero sin desmenuzar qué estuvo mal y por qué, aparte del evidente error de tratar de hacer un proyecto transformador sin mayorías. Mientras que el Partido Comunista se refugió en el pasado, siendo de los partidos más realistas de la coalición que respaldó al presidente socialista. Y eso es miedo. Terror a revisitar el pasado con perspectiva de futuro. Pánico a construir algo a largo plazo, aunque los relatos digan otra cosa. 

Por eso, para unos y otros, y ahora también para el Frente Amplio, la Unidad Popular es una idealización, una bella posibilidad perdida por falta de experiencia, por exceso de idealismo, según los concertacionistas, o una derrota solamente por los factores exógenos de los que fue víctima, según los comunistas y cierto frenteamplismo. ¿Fue un fracaso? No se sabe. Pero no fue una victoria moral como algunos tratan de establecer. 




martes, 12 de marzo de 2024

Matamala, ¿crítico de Boric o despechado?

 


En su columna dominical en el diario La Tercera, el periodista Daniel Matamala, a dos años de comenzado el gobierno de Gabriel Boric y su curiosa y contradictoria coalición, comparó al Presidente con Ramón Barros Luco, presidente liberal que gobernó entre 1910 y 1915. 

El motivo de esta comparación se basaba principalmente en la caricatura de Barros Luco, figura que ha sobrevivido en el tiempo gracias a grandes mitos sobre su relación con la política, la cual algunos describen como contemplativa.


Para Matamala, por esta razón, Barros Luco solo destaca por el sandwich que lleva su nombre, y Boric, al haber renunciado a lo que dijo cuando era diputado y candidato, se parecería a él y sólo le faltaría tener un plato para poder destacar en algo.


Si bien el texto del periodista tiene pasajes rescatables, como por ejemplo la crítica a la “cazuela ideológica” que tendría el Frente Amplio, repleta de consignas, de dichos de buena crianza, lo que, según cree, impediría la materialización de algo medianamente serio, lo que parece nutrir su columna es una especie ingenuidad respecto a la acción política y la manera en que se gobierna, más aún en momentos como los que estamos.


Aunque es claro que el gobierno ha demostrado falta de estrategia, imposibilidad para poder controlar los dos mundos entre los que se mueve el Presidente- el de su rol como jefe de Estado y sus impulsos epocales-, Matamala habla más bien desde el despecho que desde la crítica a un gobierno. 


Cuando compara cada una de las cosas de las que el Presidente habló en campaña o mientras habitaba el Congreso, pareciera que el conductor de noticiero estuviera alegando en contra de la falta de “consecuencia” del mandatario, como si administrar un país no se diferenciara de una elección o de la labor como legislador, o como si para ejercer la más alta magistratura no hubiera que renunciar día a día a lo que se creyó con demasiada certeza en el pasado. 


Matamala no toma en consideración ninguno de esos factores. Más bien pretende juzgar a un gobierno por no hacer lo que dijo que haría, que por lo que hace mal o bien. Es como si hubiéramos juzgado a Sebastián Piñera por no acabar con la “fiesta” de los delincuentes, como dijo en el pasado, cuando lo que se le podría criticar es haber creído que podía hacerlo como si nada, como si todo fuera tan fácil. 


Por esto es que lo escrito por Daniel Matamala, aparte de la cita histórica y la enumeración de cuestiones no logradas, tiene el problema que todo el periodismo actual tiene: que no entiende el poder. Sólo lo cuestiona. No sabe muy bien en qué consisten los pasillos, las decisiones, la falta de éstas, porque le parece que hurgar ahí es sucio. Y en eso se parece bastante a la generación que, de paso, critica. Y por lo mismo, insisto, su opinión parece más bien la de un despechado, de alguien que cree haber descubierto que había sido engañado. Cuestión muy preocupante en alguien que dice saber de todo. 







lunes, 12 de febrero de 2024

El gobierno imaginario de Piñera






Es cierto, la muerte de Sebastián Piñera es, sin lugar a duda, un hecho político. La muerte de un expresidente en esas circunstancias no puede no serlo, sobre todo si gobernó hace poco y estuvo tan presente en la vida política chilena hasta hace un par de días. 

Es cierto también que la política no perdona, que toda circunstancia es aprovechable para lograr un punto o un pequeño triunfo moral frente al adversario. De hecho el Presidente Gabriel Boric, en su discurso en el funeral de Estado, aprovechó de darle una señal a la derecha en momentos en que la relación gobierno y oposición no puede resolver ninguna reforma. Es decir, en tiempos en que no hay puentes entre Chile Vamos y La Moneda, Boric trató de crearlos cediendo en algunos temas, pero sin entregar por completo la oreja.

Pero no fue el único que creó un relato a partir de este hecho; el sector de Piñera trató de redibujar la historia reciente y sus controversias para transformar el funeral de su principal líder en los últimos 30 años en una manera de cobrar una a una las cuentas con el Frente Amplio y, de paso, ungir a Evelyn Matthei como nueva candidata.

En cada condolencia a la familia del exjefe de Estado, o recuerdo sobre él, se agregaba un comentario no sólo destacando lo que, según algunos, era su legado, sino también que se aprovechaba de acusar al hoy oficialismo por la injusticia con que, según decían, se lo había tratado durante el Estallido Social. 

Según la reducción simplista de la historia reciente que la memoria selectiva de muchos de los colaboradores de Piñera hizo, su último gobierno fue algo así como una isla democrática cercada por el golpismo violentista de una generación hoy gobernante que comandaba desde cuarteles secretos todos y cada uno de los puntos en que se desataron explosiones, quemas y otras acciones violentas de aquellos días. 

¿Fue así? Claramente no. Si bien hubo exceso de retórica, y varios, en la entonces oposición, hablaron y hablaron, al extremo de decir muchas tonteras por minuto, eso también sucedió en el entonces oficialismo. Acusaciones de algunos que creían vivir en una dictadura se cruzaban con otras que alegaban, desde La Moneda, intervención de dictaduras externas en el conflicto interno. 

Era una guerra paranoica en la que unos y otros luchaban por ser dueños de la verdad y darle una explicación a esa crisis social que tenía múltiples razones, y que una de las principales radica en una autocomplacencia de décadas, porque algunos creían que el mercado era la única certeza que cobijaba al ciudadano. Pero eso es materia de otro análisis. 

Según el piñerismo, lo que habría pasado era que el gobierno era demasiado perfecto, con demasiada capacidad política, la que se vio amenazada por la maldad, la perversidad de quienes querían derrocar al bien. Sin embargo, quienes vivimos aquellos días, si bien podemos hacer análisis más matizados que los que hicimos en aquel entonces, con todos los antecedentes sobre la mesa, no deberíamos olvidarnos de una administración sin olfato, desconcertada con lo que pasaba en las calles y tratando de solucionar los problemas políticos con Carabineros y luego las Fuerzas Armadas.

¿Está mal que haya estado desconcertada? No. Para nada. Muchos, demasiados lo estábamos. Pero la pregunta es qué es lo que se aconseja a quienes comandan un país, si seguir y solazarse con este desconcierto o intentar buscar explicaciones alternativas de lo que se está demasiado convencido. Al parecer lo segundo es más sensato. Cuestión de la que, como hemos visto, hoy Boric se ha dado cuenta en la casa de gobierno.

Piñera no lo hizo. Al contrario, no estuvo lejano al exceso de retórica de aquellos días, ya que dijo que estábamos en una guerra contra un “enemigo poderoso”, cometiendo un error político importante al no aquilatar lo que sucede cuando se dicen esas palabras amenazantes en medio de una crisis de tamañas dimensiones. 

No había un estadista que tomara decisiones, como se ha repetido hasta el cansancio en estos días, sino una persona demasiado convencida de que lo que pasaba era una lucha en contra de una amenaza inventada en su cabeza; alguien desconcertado-y con demasiadas certezas- que cometió errores gravísimos y peligrosísimos para una democracia que había estallado en mil pedazos; un político que no previó y, en momentos, relativizó lo que pasaba en las calles, no entendiendo que antes de ser un problema de seguridad- que lo fue, claramente-, lo que sucedía era una catástrofe política.

¿Hubo violaciones a los Derechos Humanos sistemáticas? No. Pero sí hubo acciones generalizadas e irresponsables que dieron como resultado graves violaciones a los Derechos Humanos para una democracia. Y eso, entre otras cosas, se debió a la inoperancia de un Sebastián Piñera y un Andrés Chadwick que no supieron ni quisieron tomar medidas para aminorar lo que pasaba y, al contrario, empoderaron a las policías como si fueran la única rama del Estado que valía la pena respetar. ¿Quiere decir esto que no debieron sacar la fuerza policial a la calle? Claro que no. Era una obligación ante lo que pasaba. Se debía ejercer la ley y detener a quienes estaban atentando en contra de la tranquilidad ciudadana. Pero en vez de ver a una fuerza policial que controlara la situación, lo que vimos fue el descontrol.

Eso no debería bajo ninguna circunstancia olvidarse si es que se quiere avanzar y aprender de la historia reciente del país. El gobierno de Sebastián Piñera debería ser un ejemplo de lo que la política no debe hacer cuando quiere darle cauce a los conflictos sociales y políticos. Es también la demostración más clara de que el mercado y el Estado no son lo mismo. Que un hombre exitoso en el mercado, e incluso en el ámbito electoral, como lo fue, no lo es necesariamente en la acción política grande; en la de verdad, que consiste en darle estabilidad y seguridades a una ciudadanía cada día más desolada por una modernidad que ha ido deshaciendo los pilares que la sostenían hasta finales del siglo XX.

Por lo tanto, luego de que pase el tiempo, y después de las entendibles pasiones desatadas hoy en torno a una figura como Piñera, sería bueno que se sopesen cada uno de los factores de la crisis más grande que ha vivido Chile en los últimos 30 años, y que en vez de romantizar uno y otro lado, o buscar héroes de la Patria donde no los hay, entendamos que una muerte trágica no puede cambiar la historia ni reinventarla. Y menos crear un gobierno imaginario demasiado virtuoso y que no se condice con las lamentables consecuencias políticas que trajo consigo.










domingo, 4 de febrero de 2024

La idealización de Lagos y la transición




Hay pocos políticos vivos o contemporáneos que he admirado y uno de ellos fue sin dudas Ricardo Lagos. Su impronta, enorme ego no disimulado y su comprensión de lo que eran los símbolos republicanos, eran cosas que se agradecían entrados los años 2000, sobre todo después de un gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle en el que el presidente era un adorno, un sujeto parco, casi un gerente general que salía a hacer negocios y no hacía bastante más. 

Lagos era otra cosa. Se enojaba, quería demostrar en toda discusión que era superior al otro y se sentía el representante de lo público en una democracia en la que eso perdía todo sentido. 


Cuestiones como la aplicación de la Ley de Seguridad del Estado al gremio de micreros que obstruía la vía pública durante su gobierno, en aquellos años, eran gestos de autoridad bastante significativos, tomando en cuenta que la Concertación, hasta entonces, era una coalición temerosa que trataba de sortear las vallas que la institucionalidad dictatorial había puesto para que se comportara según lo que “debía ser”.


Lagos hablaba fuerte y recordaba que él mandaba, que era el Presidente y que, en una democracia presidencialista, era quien encarnaba la figura del mando. Sin embargo, no era tan así, sobre todo en medio de senadores designados y una derecha empoderada por la lógica institucional. 


Por más que quisiera, el mandatario debía, como todo gobernante concertacionista, remitirse a lo que el llamado “poder de veto” le dejaba hacer. Y esto lo llevó a cometer, desde mi punto de vista, varios errores en materia ejecutiva como simbólica, como conseguir la ampliación del acceso a la educación universitaria por medio de instrumentos como el CAE y consolidar una cuestionable alianza público-privada para construir hermosas y grandes carreteras y comenzada por él como ministro de Obras Públicas de Eduardo Frei Ruiz Tagle.


Además, durante su gobierno hubo significativos problemas en materia de corrupción en su gabinete, lo que le recordó, de nuevo, que su poder era relativo, debido a que quedó entre la espada y la pared y se vio obligado a negociar con la oposición su permanencia en el cargo, con “acuerdos” que eran más bien imposiciones en cuanto al financiamiento de la política respectaba.


¿Esto hace que su administración haya sido mala? De ninguna manera. Supo navegar los mares que le tocaron, tuvo avances importantes en materia de libertades civiles, poniendo fin a la censura cinematográfica en 2003 y promulgando la ley de divorcio en 2004, entre otras cosas, y también terminó con los llamados “enclaves autoritarios” de la Constitución del 80 (senadores designados, autoconvocación del Cosena, inamovilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, etc).


Eso sí, el gran error de esto último, de las reformas, tiene que ver, a mi entender, con haber sobredimensionado lo que se hizo, recargando de simbolismo un acto importante que democratizaba la institucionalidad política, pero que no resolvía algunas falencias ideológicas estructurales. 


Es decir, aquello que en algún momento fue una virtud, como esa grandilocuencia republicana en toda acción, en este caso en particular fue un acto que trató de remediar cosas al parecer irremediables, como el tema constitucional, amontonando aún más basura de la que ya había bajo la alfombra.


Pero no fue sólo durante su gobierno que la grandilocuencia lo traicionó. También durante los años posteriores tomó decisiones erradas como no postularse cuando era triunfador seguro para un segundo mandato. Y luego, cuando nadie quería que se postulara, lo hizo recibiendo tal vez su gran derrota política sin aún haber competido. Demostrando que no era alguien impermeable a las ambiciones pequeñas y a la soberbia que viene contenida en ellas.


Eso es, según mi mirada, Ricardo Lagos. Un sujeto imponente, que fue avezado y que es presa de su ego para bien y para mal. Un personaje que trajo de vuelta la idea de la autoridad democrática, con todo lo bueno y lo malo que eso trae consigo. Que supo hacer cuestiones en el momento preciso, pero que en otras ocasiones se apresuró dando por zanjadas cosas que no lo estaban. Muchas veces no midiendo las consecuencias futuras.


¿Por qué digo esto? Porque a raíz de su retiro de la vida pública- tras lo que parecen esconderse sus ganas de ver en vida lo que pasaría en su funeral- ha habido un consenso bastante simplón sobre lo que es y fue en su labor, tal vez no sólo con el motivo de idealizarlo a él, sino al momento histórico que vivió.


Opinólogos de varios sectores se han empeñado en mirar con ojo acusador a todos los que lo cuestionaron justa o injustamente no con el objeto de salvar a su figura particularmente del escarnio público, sino para aprovechar de recordarnos que la “democracia de los acuerdos” fue algo así como un paraíso de la sensatez y la uniformidad democrática, donde todo se hizo por hombres de mirada larga y sin más defectos que tener demasiadas virtudes.


Y no. Lagos y todos quienes administraron la transición chilena se enfrentaron a un terreno bastante más peliagudo en el que más que acuerdos había una lógica de “salvar los muebles” de una casa que estaba en constante peligro. Se vieron contra la pared constantemente y hubo cosas que no pudieron hacer y otras que no quisieron. Y los “acuerdos” a los que llegaron fueron presiones solapadas y otras veces cuestiones en las que simplemente no quisieron profundizar.


La política no fue más virtuosa en aquellos años. Lo que pasó es que había límites de acción más claros impuestos. Los consensos estaban predeterminados antes de que siquiera se llegara a conversar y consensuar algo. Porque eran un dogma y no una acción racional. Y a veces al entonces oficialismo le molestaba y otras no tanto.


Esto lo digo porque parece de suma importancia tratar de derrumbar los lugares comunes que rondan en torno a la historia reciente de Chile. Pues, de lo contrario, se seguirá creyendo que lo que debió hacerse según circunstancias concretas, debe aplicarse a todo momento histórico. Y eso es matar la política y convertirla en una religión de la cual Lagos hoy sería el Papa. O en una acción sistematizada en la que no hay más alternativas.




miércoles, 13 de diciembre de 2023

No, Bachelet otra vez no.









La expresidenta Michelle Bachelet reapareció esta vez en la campaña del En Contra al nuevo proyecto constitucional. Como suele suceder últimamente, sus declaraciones causaron ronchas en la derecha y en lo que alguna vez se hizo llamar concertacionismo. 

Bachelet habló de lo que, a su entender, serían grandes retrocesos en la vida de las mujeres a partir de la aprobación del nuevo texto constitucional, provocando reacciones airadas de parte de algunos de sus exministros, que hoy militan en Demócratas. Lo dijo con ese tono de madre cariñosa y permisiva. Con esa dulzura a la que algunos se han aferrado una y otra vez cuando no tienen ideas, para sentirse arropados políticamente. 

Eso ha sido Bachelet para la izquierda chilena: una contención, un trampolín y un lugar arropado en el que abrigarse para así no entrar en el debate real. Si bien encabezó una interesante proyección más progresista de la Concertación, que fue ese intento de coalición llamado Nueva Mayoría, lo cierto es que no resultó no sólo porque muchos de sus integrantes remaron contra la corriente, sino porque lo único que alimentaba ese (no) proyecto era ella. Su carisma. Su sonrisa. Sus dichos de buena crianza democrática que acompañan sus gestos de hada madrina, hoy, de la nueva generación.

Es cierto, en estos últimos meses ha salido de esa especie de lugar celestial en el que el bacheletismo- o lo que queda de éste- la ha puesto por años. Ha tomado decisiones. Se la ha jugado por este gobierno como pocas veces se la había jugado- salvo su segunda administración- por algo concreto, sin eufemismos, y eso se agradece en políticos en días en que todos quieren jugar a ser estadistas ante la crisis intelectual que está viviendo la política. Pero sigue habiendo en torno a ella una feligresía que la percibe como un objeto intocable; como un ser superior y frágil a la vez al que hay que cuidar y ojalá defender con las palabras más paternalistas posibles. 

Es una madre a la que hay que cuidar. Un símbolo enorme y pesado que algunos apapachan como si fuera débil, endeble, delicado y quebradizo. Cuestionarle lo que dice pareciera ser lo mismo que cuestionar un emblema patrio y no a una política que tiene posiciones respecto a la sociedad, lo que parece una errada manera de enfrentar las controversias propias de la coyuntura y la contingencia.

Pero ese no es únicamente el problema de cierto mundo que rodea su figura. El que me parece más grave es que la falta de proyecto e ideas al interior de la izquierda está comenzando a hacer crecer la posibilidad de una tercera candidatura de la ex jefa de Estado. Una vez más, luego del fracaso ideológico rotundo que significará cualquiera sea el resultado del plebiscito del domingo 17 de diciembre, se está pensando en el "lugar seguro" que significa Michelle Bachelet para un sector estruendosamente desconcertado en toda materia. 

¿Mala idea? Pésima. Volver a recurrir una vez más a los padres políticos es una de las tantas razones por las que el escenario actual está estancado y no hay escapatoria. Nunca la hay del todo. Pero a veces hay que jugar a que sí la hay.






domingo, 3 de diciembre de 2023

Rojo Edwards le regaló el "centro" a Kast










El senador Rojo Edwards decidió salirse del partido Republicano para, según dice, encabezar una nueva propuesta "libertaria" (sería bueno saber si será libertaria o neoconservadora). Su principal motivo para renunciar al partido es la postura a favor del texto constitucional por la que ha optado la colectividad, debido a que, a diferencia de mucha gente, él ve en este texto una excesiva estatización y una "entrega" a los valores de la izquierda.

Si bien podríamos detenernos en cada uno de los puntos que derribarían la concepción "estatista" que Edwards ve en el proyecto constitucional, parece más interesante hacer un análisis de la contingencia política y lo que significa que el parlamentario le quite el extremo a José Antonio Kast. ¿Qué quiero decir? Que, a diferencia de lo que muchos creen, la salida Rojo y cierto ultrapinochetismo gritón de Republicanos, independientemente del resultado del plebiscito del 17 de diciembre, le deja el "centro" libre al exdiputado UDI.

Es cierto, podríamos discutir horas y horas sobre qué es realmente el manoseado "centro político". Podríamos argumentar que aquellos que se hacen llamar "centristas" no son más que nostálgicos de un concertacionismo que debió entregarse en cuerpo y alma a respetar los márgenes transicionales sin siquiera darse un pequeño gustito y hasta se enamoró de lo que debió administrar por 20 años. Pero eso es materia de otro debate. 

Lo que importa acá es que sin los gritos, sin los Panchos Malos, sin los Edwards y los que llaman traidores a todos quienes se juntan, se fotografían o se estrechan protocolarmente las manos con "los otros", Kast resulta menos intragable para cierto mundo que anda extraviado buscando alianzas, certezas y un nuevo lugar en el que ser cobijado.

Entonces, el eterno candidato de la derecha gremialista y neoliberal chilena debe estar celebrando que haya alguien que se le haya puesto más a la derecha para comenzar la próxima campaña presidencial, más aún cuando su principal contrincante es la alcandesa de Providencia, Evelyn Matthei. Hoy ese concertacionismo de centroderecha tiene más por donde elegir.

Edwards debe haber tomado esta decisión pensando en Argentina y en el extremismo ideológico con el que Milei llegó a la Presidencia. Y puede tener razón en lo del extremismo. Pero no debe olvidar que perdió la primera vuelta y llegó a la Casa Rosada por aliarse con la "maldita casta".

Tal vez puede tener razón Edwards al creer que Kast ha renunciado a cierta "identidad" de ultraderecha (deberíamos definir qué es la derecha y la ultraderecha en Chile, cuestión bien compleja), pero de identidad y de posturas testimoniales no está hecho el poder. Es cosa de preguntarle al gobierno en curso.





Daniel Jadue y la fascinación por sentirse víctima

  Conocida la prisión preventiva ordenada al alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, por el llamado “caso farmacias”, muchas teorías al respecto ...