domingo, 4 de febrero de 2024

La idealización de Lagos y la transición




Hay pocos políticos vivos o contemporáneos que he admirado y uno de ellos fue sin dudas Ricardo Lagos. Su impronta, enorme ego no disimulado y su comprensión de lo que eran los símbolos republicanos, eran cosas que se agradecían entrados los años 2000, sobre todo después de un gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle en el que el presidente era un adorno, un sujeto parco, casi un gerente general que salía a hacer negocios y no hacía bastante más. 

Lagos era otra cosa. Se enojaba, quería demostrar en toda discusión que era superior al otro y se sentía el representante de lo público en una democracia en la que eso perdía todo sentido. 


Cuestiones como la aplicación de la Ley de Seguridad del Estado al gremio de micreros que obstruía la vía pública durante su gobierno, en aquellos años, eran gestos de autoridad bastante significativos, tomando en cuenta que la Concertación, hasta entonces, era una coalición temerosa que trataba de sortear las vallas que la institucionalidad dictatorial había puesto para que se comportara según lo que “debía ser”.


Lagos hablaba fuerte y recordaba que él mandaba, que era el Presidente y que, en una democracia presidencialista, era quien encarnaba la figura del mando. Sin embargo, no era tan así, sobre todo en medio de senadores designados y una derecha empoderada por la lógica institucional. 


Por más que quisiera, el mandatario debía, como todo gobernante concertacionista, remitirse a lo que el llamado “poder de veto” le dejaba hacer. Y esto lo llevó a cometer, desde mi punto de vista, varios errores en materia ejecutiva como simbólica, como conseguir la ampliación del acceso a la educación universitaria por medio de instrumentos como el CAE y consolidar una cuestionable alianza público-privada para construir hermosas y grandes carreteras y comenzada por él como ministro de Obras Públicas de Eduardo Frei Ruiz Tagle.


Además, durante su gobierno hubo significativos problemas en materia de corrupción en su gabinete, lo que le recordó, de nuevo, que su poder era relativo, debido a que quedó entre la espada y la pared y se vio obligado a negociar con la oposición su permanencia en el cargo, con “acuerdos” que eran más bien imposiciones en cuanto al financiamiento de la política respectaba.


¿Esto hace que su administración haya sido mala? De ninguna manera. Supo navegar los mares que le tocaron, tuvo avances importantes en materia de libertades civiles, poniendo fin a la censura cinematográfica en 2003 y promulgando la ley de divorcio en 2004, entre otras cosas, y también terminó con los llamados “enclaves autoritarios” de la Constitución del 80 (senadores designados, autoconvocación del Cosena, inamovilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, etc).


Eso sí, el gran error de esto último, de las reformas, tiene que ver, a mi entender, con haber sobredimensionado lo que se hizo, recargando de simbolismo un acto importante que democratizaba la institucionalidad política, pero que no resolvía algunas falencias ideológicas estructurales. 


Es decir, aquello que en algún momento fue una virtud, como esa grandilocuencia republicana en toda acción, en este caso en particular fue un acto que trató de remediar cosas al parecer irremediables, como el tema constitucional, amontonando aún más basura de la que ya había bajo la alfombra.


Pero no fue sólo durante su gobierno que la grandilocuencia lo traicionó. También durante los años posteriores tomó decisiones erradas como no postularse cuando era triunfador seguro para un segundo mandato. Y luego, cuando nadie quería que se postulara, lo hizo recibiendo tal vez su gran derrota política sin aún haber competido. Demostrando que no era alguien impermeable a las ambiciones pequeñas y a la soberbia que viene contenida en ellas.


Eso es, según mi mirada, Ricardo Lagos. Un sujeto imponente, que fue avezado y que es presa de su ego para bien y para mal. Un personaje que trajo de vuelta la idea de la autoridad democrática, con todo lo bueno y lo malo que eso trae consigo. Que supo hacer cuestiones en el momento preciso, pero que en otras ocasiones se apresuró dando por zanjadas cosas que no lo estaban. Muchas veces no midiendo las consecuencias futuras.


¿Por qué digo esto? Porque a raíz de su retiro de la vida pública- tras lo que parecen esconderse sus ganas de ver en vida lo que pasaría en su funeral- ha habido un consenso bastante simplón sobre lo que es y fue en su labor, tal vez no sólo con el motivo de idealizarlo a él, sino al momento histórico que vivió.


Opinólogos de varios sectores se han empeñado en mirar con ojo acusador a todos los que lo cuestionaron justa o injustamente no con el objeto de salvar a su figura particularmente del escarnio público, sino para aprovechar de recordarnos que la “democracia de los acuerdos” fue algo así como un paraíso de la sensatez y la uniformidad democrática, donde todo se hizo por hombres de mirada larga y sin más defectos que tener demasiadas virtudes.


Y no. Lagos y todos quienes administraron la transición chilena se enfrentaron a un terreno bastante más peliagudo en el que más que acuerdos había una lógica de “salvar los muebles” de una casa que estaba en constante peligro. Se vieron contra la pared constantemente y hubo cosas que no pudieron hacer y otras que no quisieron. Y los “acuerdos” a los que llegaron fueron presiones solapadas y otras veces cuestiones en las que simplemente no quisieron profundizar.


La política no fue más virtuosa en aquellos años. Lo que pasó es que había límites de acción más claros impuestos. Los consensos estaban predeterminados antes de que siquiera se llegara a conversar y consensuar algo. Porque eran un dogma y no una acción racional. Y a veces al entonces oficialismo le molestaba y otras no tanto.


Esto lo digo porque parece de suma importancia tratar de derrumbar los lugares comunes que rondan en torno a la historia reciente de Chile. Pues, de lo contrario, se seguirá creyendo que lo que debió hacerse según circunstancias concretas, debe aplicarse a todo momento histórico. Y eso es matar la política y convertirla en una religión de la cual Lagos hoy sería el Papa. O en una acción sistematizada en la que no hay más alternativas.




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