lunes, 3 de junio de 2024

Daniel Jadue y la fascinación por sentirse víctima

 


Conocida la prisión preventiva ordenada al alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, por el llamado “caso farmacias”, muchas teorías al respecto han circulado de parte del sector del edil para tratar de acreditar una persecución política en su contra.

Jadue, como buen polemista, antes de cualquier medida advirtió que esta sería una persecución por querer “cambiar el modelo”, dándole una épica especial a un caso que, a todas luces, parece más bien el resultado de la mala administración de alguien que creyó, como pareciera creer también todo quien lo apoya en esta pasada, que el hecho de tener un buen objetivo como horizonte haría que cualquier forma de llevarlo a cabo sería lo de menos.

¿Es eso real? ¿Se puede decir que algo que está dirigido a solucionar problemas de cierta parte de la población es de por sí algo bueno y, por lo tanto, cualquier impedimento regulatorio sería algo así como una conspiración? Lo cierto es que no. Y con esto no me refiero únicamente a este caso, sino a las medidas que buscan solucionar, por ejemplo, la delincuencia de manera rápida y efectiva- como si algún día pudiera solucionarse- pasando por sobre de toda normativa propia del estado de Derecho.

Pero volvamos a Jadue. Si bien las Farmacias Populares efectivamente establecieron en su comuna cambios sobre cómo se podía garantizar acceso a precios más baratos y, por ende, a mayores certezas para los habitantes de ella, eso no puede desviar la mirada de que todo lo que intentó hacer el alcalde siempre entraba en conflicto con lo que establecía cierta universalidad regulatoria.

Un ejemplo de ello, también, es que en plena pandemia tuvo problemas con la entonces presidenta del Colegio Médico de Chile, Izkia Siches, debido a la manera en que él intentaba proporcionar ciertos remedios en su comuna para combatir el coronavirus. Todo muy a lo Jadue, siempre alegando alguna trama tras la persona que estaba discutiendo con él, por ser algo así como un “luchador contra el modelo”.

Y es que para Daniel no puede haber argumentos más que una conspiración tras quienes rebaten sus ideas, sus formas y sus ganas incesantes de estar del lado correcto de la historia. Para él no existen controversias, sino maldad, persecución; hasta pareciera que ni siquiera hay ideología, porque, de lo contrario, entendería que es eso lo que está en disputa con quienes dice oponerse.

¿Debe haber más del algún tipo fascinado con ver a Jadue esposado? Claramente. Pero eso no puede dar para grandes teorías, ni grandes relatos de victimización, sino para pensar bien de qué manera se deben hacer las cosas, bajo qué parámetros y de acuerdo con qué normativas.

Es cierto, Jadue aún no es culpable de ningún delito específico, debido a que estas son medidas precautorias y el juicio en sí no ha comenzado todavía. Pero eso no puede evitar que nos cuestionemos las formas en que se debe actuar para lograr cosas y sobre todo la seriedad que se requiere para ello. Porque, de nuevo, creer que se está haciendo lo correcto en el objetivo, no es lo mismo que hacer lo correcto en las maneras.

Suponer que las ideas que uno dice levantar son más importantes que las acciones y, por lo tanto, la prolijidad con la que se llevan a cabo es falso. Y eso estaría bueno que un sector político lo entendiera, porque, de lo contrario, todo será siempre una gran estrategia en su contra y nunca, jamás sus integrantes se percibirán como sujetos con responsabilidades y sólo encontrarán explicaciones a lo que les pasa en grandes relatos heroicos que sirven mucho para la autoestima, pero poco para ejercer cargos de responsabilidad.


Daniel Jadue y la fascinación por sentirse víctima

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